
Introducción
Hay pérdidas que no llegan con estruendo, pero desplazan la quietud hasta el desconcierto. Se instalan en tu vida sin pedir permiso, como un huésped permanente en tu cuarto, alterando el aire y los recuerdos. Nadie enseña cómo nombrar estos momentos ni cómo sobrellevarlos. Uno se sostiene bajo la promesa de no olvidar, de enseñar las pequeñas cosas, pero esenciales, que se aprendieron: sonreír con orgullo por lo que has logrado a lo largo de tu vida.
Nuestras lágrimas, en la ausencia del ser querido, deben evaporarse, subir hasta el cielo y caer con la lluvia. Y que aquel ser querido diga en los cielos: «¿Ven a esa niña que lucha? Esa es mi hija».
Antes de que nos olviden, haremos historia.
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Sin lágrimas que quemen el rostro
Caifanes
LAS personas que todo el tiempo solían caminar a paso acelerado ahora lo hacían con una parsimonia incómoda, como si el mundo hubiera olvidado de pronto hacia dónde iba y por qué. El árido aire de abril se empeñaba en limpiar las lápidas y azotaba el atezado rostro de Jenn.
Ella había observado el sepelio al margen de la multitud, como quien asiste a una función ajena. El día era indiferente; ella era indiferente. Todo ocurrió sin darle tiempo de entristecerse. El sacerdote habló de descanso eterno; el viento respondió con polvo. Cuando bajaron el ataúd, alguien lloró con una intensidad impropia, casi teatral.
Jenn frunció el ceño—: «En verdad, ¿ese dolor es más legítimo que el mío?».
No lanzó flores.
No se despidió.
No rezó.
Solo miró, hipnotizada, como si aquello fuera un capítulo perdido de La sombra del viento: un presente que no le pertenecía.
***
Todos volvieron a la casa. Jenn terminó por alejarse; un paso tras otro, en una inercia involuntaria —mitad huida, mitad necesidad—, hasta el Café Plombier.
Se sentó en la barra y pidió el trago de siempre. Las palabras de un bohemio —Garcín, hijo de un normando vendedor de telas finas— que amenizaba la tertulia le resultaron distantes, distorsionadas, pero aplaudió cuando el poeta sentenció con amargura:
—Ahorro de violetas para la campiña. Ley del tiempo…
Como un eco indescifrable, se levantó con un sobresalto cuando Garcín anunció el epílogo de su destino:
—De cómo el pájaro azul alza el vuelo al cielo azul…
Su vaso de ajenjo, escaso de agua, se derramó al tiempo que se precipitaba hacia la puerta.
Más allá del amor propio estaba su amor por los libros. El tiempo se volvía un fastidio. Quiso distraerse de la pérdida con cualquier cosa que la apartara del calor humano que había sido su padre. Sabía que su ausencia le dolía; solo no quería romperse todavía.
Se detuvo frente a la vidriera de una prestigiosa librería. Husmeó las lujosas ediciones, alineadas como promesas mudas, y se declaró en silencio envidiosa; arrugó la frente y entró.
Compró el ejemplar más triste, el que mejor representara el luto mudo de su alma. Tras recorrer lomos coloridos y nombres exóticos, se decidió por uno: Noches de insomnio. El autor había escrito sus versos y prosa confinado en un hospital psiquiátrico.
—Qué mejor distractor que leer a un loco —pensó.
Jenn regresó a su casa sin notar a la gente reunida, ni que ellos la notaran. Quería llorar, pero el cuerpo se lo impedía. Su viejo siempre le había dado paz; por eso los recuerdos no dolían… aún.
¿Había elegido el libro equivocado? Tenía que doler por ella. Compró un libro oscuro, casi vomitivo y arropado de luto. Leyó a medias. El cuento principal —«El viaje»— logró adormilarla.
***
En ese estupor, una voz conocida quebró el silencio:
—Hola, pequeña, ven acá… siéntate aquí —dijo su viejo, palmeándose las piernas—. Cuéntame qué estabas leyendo, anda.
Los ojos de la pequeña brillaron, al borde de las lágrimas.
—Son muchos libros, papá…
—Ya lo sé, mi niña. He tenido tiempo de leerlos todos.
—¿Todos? —se extrañó, apartándose las lágrimas con las yemas de los dedos.
—Todos los que importan.
—¿Por qué no has leído este? —preguntó ella, sacando de su regazo el ejemplar del loco.
—Ese libro está lleno de tristezas. Es mejor retirarlo de tu biblioteca. He decidido llevármelo para regalarlo a un bohemio o a un trovador. Es hipnótico, sin duda… pero su oscuridad cubriría la luz de tu vida.
—No tengo lágrimas… Quiero que sepas que me dueles, quiero que sepas que me faltas —susurró ella.
—Las tendrás. Pero no las busques en libros ajenos.
***
Jenn cerró los ojos en el sueño y los abrió en su realidad.
En su pecho ardía una pesadez nueva: la tristeza, densa y callada. Al incorporarse, notó que había estado aferrada a un marco donde ella, a los quince años, sonreía junto a su padre. El vidrio estaba extrañamente empañado, como si el aliento de su padre aún habitara en él. Lo apretó contra su pecho.
—Gracias por tanto… sin haber podido dar nada a cambio —musitó, con la voz rota.
Esta vez se quebró. Y entonces sucedió. No fue un llanto violento ni visible para otros. Fue un temblor, un redoble seco de tambor funerario, derrumbe íntimo en el silencio.
Una lágrima. Luego otra.
Jenn, al recuperarse, alzó la vista y recorrió la habitación. La casa, la gente que murmuraba más allá de la puerta, el tintineo de tazas vacías, el tenue eco de pésames flotando en el aire: todo parecía ajeno, como si perteneciera a otra vida.
Y pensó en él, con una serenidad recuperada: «Todo esto es gracias a vos».
Observó en derredor su pequeña biblioteca. Las más brillantes del mundo —La biblioteca de Babel, El cementerio de los libros olvidados o La biblioteca de los invisibles— no tendrían nada que envidiar a aquellos cincuenta libros desgastados. Ninguna de ellas guardaba ni había sido testigo del llanto honesto: la primera pérdida real y el primer libro que nunca necesitó leer.
Jenn hizo caso a su padre. Dejó Noches de insomnio sobre la mesa, como quien abandona una puerta que no debe cruzar. Por primera vez desde el sepelio, salió de su habitación.
Sonrió…
Y se permitió, al fin, ser vista.

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